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Enseñar a los niños a identificar y canalizar sus emociones

Las emociones forman parte de nuestro día a día, son aquellas que nos mueven o paralizan, que nos informan sobre lo que sucede a nuestro alrededor y cómo nos afectan esos sucesos… nos acompañan y nos ayudan a comprender el mundo y adaptarnos mejor a él. Por ello, es tan importante que aprendamos a identificarlas, sabiendo cuál es la causa de nuestro estado de ánimo, poder conocernos y, a partir de ahí, aprender a regular nuestras emociones para alcanzar un mayor bienestar y equilibrio.

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Las emociones que conocemos como básicas son: la alegría, la tristeza, el enfado, el miedo, sorpresa y asco (estas 6 nos vamos a centrar en las 4 primeras). Como decíamos antes, están presentes en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, no reforzamos de igual modo cuando se expresa cada una de ellas. Nos resulta muy gratificante, evidentemente, si vemos a los niños contentos, pero si la emoción que expresan es tristeza, miedo o enfado, nuestra reacción es la de intentar restar importancia e intentar reprimirla, sin dar respuesta a sus angustias o inquietudes. En este sentido, es en el que debemos dedicar una mirada hacia cómo permitimos comunicar emociones, tanto desde nosotros mismos, como en nuestros hijos.

La expresión emocional es el primer paso para la gestión de las emociones. Primero se expresan, se les pone nombre y poco a poco observamos y aprendemos a regularlas. Hay que tener en cuenta que los adultos somos el modelo de referencia para el niño a todos los niveles, por eso mismo, es imprescindible que cuidemos nuestro propio modelo emotivo.

Algunas pautas a tener en cuenta a la hora de ayudar y acompañar a los niños para la gestión emocional puden ser:

Para la alegría:

  1. Expresar nuestra alegría diciéndoles de forma concreta qué es lo que nos ha hecho sentir así de bien. De esta manera identificarán emociones asociadas a situaciones específicas.
  1. Reforzarles, diciéndoles que nos gusta verles contentos, no dando por hecho que es el estado natural de los niños.
  1. Una alegría desmesurada, muy exaltada no es positiva al 100%, los niños también deben aprender a responder a sus emociones de una manera equilibrada y saber volver a la calma después de un momento de euforia.

Para el enfado:

  1. Cuando mostramos enfado con ellos por algo que han hecho, no hagamos nosotros de ese acto el protagonista de toda la jornada (“estoy enfadado, hoy te has portado fatal”), cuando el conflicto ha ocurrido a última hora, ya que así estamos restando valor al resto del día.
  1. Aceptar sus enfados desde la empatía, permitirle enfadarse, aunque ofreciéndole alternativas para expresarlo más adecuadamente, sin agredir u ofender a nadie.
  1. Crear un espacio pactado dónde el niño pueda acudir para tranquilizarse, e incluso descargar su enfado.

Para la tristeza:

  1. Compartir con los hijos emociones como la tristeza. Llorar y sentir pena es sano y darle salida y normalizar los procesos de pérdida o aceptación de algún cambio, es necesario para la aceptación de la nueva situación. Permitir expresar nuestra tristeza como adultos, ayuda a los niños a no esconder la suya.
  1. El llanto nos ayuda a expresar nuestro desacuerdo con esta situación, en los niños más si cabe, es la manera en que comunicamos la emoción de la tristeza más frecuentemente. Por ello, debemos evitar decirle que no llore, porque es el modo que tiene de decirnos que se siente triste y le sirve de desahogo.

Para el miedo:

  1. Identificar nuestros propios miedos y los de nuestros hijos, para encontrar seguridad y transmitírsela él también.
  1. Escuchar el modo en que puede somatizar los miedos el niño: alteraciones de sueño apetito, inseguridad o rechazo… y crear el espacio para transmitirle que le notamos diferente y que puede contar con nosotros si le preocupa algo.
  1. Empatizar sin restar importancia a su miedos, sobre todo esos miedos infantiles, relacionados con la fantasía y que responden a su capacidad de pensamiento. Para ellos son miedos reales, les ayuda más sentirse comprendidos y limitarnos a acompañarles y desmontar angustias, en lugar de decir que son una tontería.

Estos son algunos ejemplos acerca de cómo abordar e iniciarse en la gestión emocional, puesto que en primer paso es identificar lo que expresamos, también nosotros como padres, para poder ser el espejo emocional en el que los hijos se fijen para aprender a regularse.

Carol Pérez Emotiva CPC

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